Qué habituados estamos a las bondades del desarrollo científico y tecnológico en nuestra vida cotidiana, tanto que si por alguna u otra razón nos privan de recursos tales como la luz eléctrica, la señal de internet o del teléfono móvil, el gas, o cualquier otro “invento de hombre blanco” sentimos que el mundo se nos acaba o, cuando menos, nuestros planes se ven profundamente atrofiados.
Lo digo, pues mientras intentaba hilar ideas para la presente entrada un apagón me sorprendió y ya no sólo me impidió seguir leyendo y haciendo los millones de tarea que tengo, sino que también me hizo cambiar el tema que pensaba abordar.
Lo normal es llegar a casa y prender las luces, encender la televisión o el radio, conectarnos a internet, usar el microondas, abrir el refrigerador y llevar a cabo una serie de actividades más que implican el uso de energía eléctrica pero ¿han pensado cómo serían nuestros días si no contáramos con ese valioso recurso?
En mi pueblo, Jamiltepec, la energía eléctrica fue llevada sólo hasta la segunda mitad de la década de los sesentas. Evidentemente a mí no me tocó vivir en aquél entonces pero a mis papás sí y contrastar sus experiencias en aquellos momentos con lo que hoy vivimos me resulta además de interesante, curioso.
Pensar aquellos tiempos en los que la única forma de iluminarse en la oscuridad de la noche era la luz de la luna o de algunas velas, en los que el carbón era la fuente de energía para planchar y la leña para cocinar y conservar la comida, cuando la televisión y el internet eran inimaginables y escuchar la radio sólo era posible con pilas. Cuando los niños se divertían jugando a las escondidas en las noches de tempestad aprovechando la luz de los rayos y truenos para correr a un nuevo escondite o regresar a sus casas.
Pero a pesar de que me hubiera gustado presenciar un cambio histórico de tal magnitud como la llegada de la electricidad, es sumamente lamentable que hoy, a tantos años de distancia, esa siga siendo una realidad en muchas partes de nuestro país.

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